El inconsciente, la teoría de Freud para la conducta humana que lo enfrentó con la comunidad científica

Significó una revolución a principios del siglo XX pero, enseguida, encontró la oposición de los científicos

El psicoanálisis trató de dar respuesta a distintos fenómenos mentales, aunque, en la actualidad, es la terapia cognitivo-conductual la que goza del aval científico.

“Antes de Sigmund Freud”, señala el psicólogo Víctor Lorenzo Guerreiro, “se entendía el inconsciente, simplemente, como lo contrario a lo consciente”. Fue el neurólogo austríaco quien dio una nueva dimensión a un término del que ya habían teorizado filósofos como Eduard Von Hartmann o el mismo Arthur Schopenhauer. “Freud le da un significado mucho más amplio y complejo”, explica. Es el primero que lo aplica en el campo de la Psicología y el que inventa un nuevo método para estudiarlo. Para Freud, en palabras del psicólogo, el inconsciente “es una instancia de nuestra psique [concepto que engloba todos los procesos mentales conscientes e inconscientes que lleva a cabo una persona] que está detrás de lo que hacemos, decimos o deseamos”, tal y como lo definió el neurólogo en su libro Lo inconsciente (1915). No obstante, y pese a la gran popularidad que llegó a alcanzar, gran parte de la comunidad científica se opuso –y se opone– frontalmente tanto a su teoría, como al método del psicoanálisis, que se centra en analizar precisamente el inconsciente. Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene el método de Freud para que no pueda entenderse como una parte más de la Psicología y, por tanto, de la Ciencia?

Más bien, qué es lo que no tiene. “El psicoanálisis no sigue un método científico”, reconoce Lorenzo Guerreiro, cercano a las terapias de psicoanálisis. Aunque asegura que, a pesar de no seguir ese método científico –que requiere comprobaciones empíricas, mediciones y experimentación–, “sí que es un método que entendemos como válido y aceptable”. Por su parte, Iván Pico, divulgador y también psicólogo, establece una diferencia drástica: “Hoy en día, podríamos decir que son ramas de estudio diferenciadas: una cosa es la psicología y otra el psicoanálisis”. Valora las aportaciones teóricas de Freud, pero considera que no puede demostrarse la eficacia de sus métodos, que consistían en dialogar con los pacientes y observarlos. “Además”, continúa, “él mismo escribió que, en los años posteriores a sus estudios, los avances científicos permitirían evaluar si su teoría del inconsciente estaba o no en lo cierto”. Pino insiste, empero, en la importancia de la figura del neurólogo, que “trató de dar explicación a una serie de fenómenos mentales en un tiempo en que no existía tecnología para plantar cara a semejante reto”.

Víctor Lorenzo Guerreiro define el inconsciente, siguiendo el pensamiento freudiano, como esa parte de la psique que guía la forma de actuar de las personas y a la que la parte consciente no tiene acceso. En otras palabras, se trataría de una especie de motor que las personas no percibimos, pero a la que debemos gran parte de nuestras actuaciones. “Freud decía, sin embargo, que sí existen algunos fenómenos en los que se puede observar dicho inconsciente: los lapsus, los actos fallidos, los chistes y, por encima de todos, los sueños”. El austríaco consideraba esos últimos ‘la puerta del inconsciente’ y, en palabras de Lorenzo Guerreiro, son la prueba de que esos sentimientos y sensaciones internas que se hallan en el inconsciente no se pueden controlar y pueden brotar cuando, por explicarlo en palabras llanas, se relaja la parte consciente o racional de los individuos.

“Es importante no confundirlo con el subconsciente”, matiza. “Aunque, a veces, se emplean como sinónimos, el propio Freud rechazó el término por referirse «a lo que está por debajo de la conciencia»”. Lo que propuso, en cambio, fue la diferenciación entre el nivel consciente, donde se encuentran los sentimientos relacionados con la realidad; el preconsciente, donde se hallan los que no tienen que ver con la realidad, pero que pueden hacerse presentes fácilmente –por ejemplo, los recuerdos olvidados– y el inconsciente, el nivel más inaccesible para la parte consciente donde se ubican los sentimientos reprimidos, posiblemente adquiridos durante procesos de sufrimiento vividos con anterioridad, tal y como apuntan en el Centro Psicológico CEPSIM de Madrid.

Consenso científico alrededor de la rama cognitivo-conductual

“En la psicología científica”, explica Iván Pico, “la terapia que goza, en la actualidad, de más apoyo entre los profesionales es la cognitivo-conductual”. Lejos de la idea de inconsciente de Freud, se trata de una práctica que une la rama cognitiva y la conductual y que defiende que las personas llevamos a cabo conductas que responden a un patrón mental aprendido durante nuestra vida. A diferencia del psicoanálisis, que requiere de tratamientos muy largos en los que el psicoanalista trata de penetrar en el inconsciente del paciente, “la cognitivo-conductual se basa en cómo se producen y gestionan los procesos cognitivos que dan lugar a determinados comportamientos, aplicando técnicas y teorías avaladas”, tal y como señala Pico, “por una amplia evidencia científica, así como estudios de investigación que validan su eficacia y que, en muchos casos, se apoyan en la neurociencia”.

El psicoanálisis y la teoría del inconsciente todavía hoy suscitan debate entre los psicólogos partidarios y detractores. Por su parte, la comunidad científica lo rechaza. “Y la universidad española”, completa Pico, “también”. Pico apunta que “el psicoanálisis se estudia más como un contenido histórico, que como algo aplicable hoy en día”. De todos modos, puntualiza que “significó el inicio del estudio de la mente desde una interesante perspectiva que dio pie a muchas teorías posteriores que trataron de explicar la psique humana y el funcionamiento de nuestro cerebro”.

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Cómo odiar para siempre la literatura. (Hilo de Nando López)

(Antes de nada, que conste que este hilo es un plagio: sus propuestas están sacadas del currículum oficial que sufrimos docentes y alumnado. Todas ellas, infalibles) 

1. Repitiendo en todos los cursos el ameno listado de tooodos los géneros y los subgéneros literarios, hasta que escuchar palabras como leyenda, mito, oda o tragedia les provoquen un inconfundible sarpullido teórico. 

2. Convirtiendo los textos líricos en “cosas que se miden” tras ocupar 2ºESO con temas destinados a la métrica y al reconocimiento de décimas y redondillas. De entender un poema o dejarse emocionar por él ya hablamos otro día. Si eso. 

3. Transformando los textos literarios en plantaciones de recursos retóricos, de modo que no se trate de interpretarlos -y no digamos ya de disfrutarlos- sino de hacer un cumplido inventario de metáforas, símiles, aliteraciones, hipérboles, anáforas y paralelismos, entre otros. 

4. Eliminando la literatura universal del currículum y relegándola a materia optativa. Total, para qué vamos a leer clásicos que puedan engancharles y resultarles incluso accesibles -como Dickens o Jane Austen-, cuando podemos meterles en vena las ‘Cartas marruecas’ de Cadalso.

5. Ocultando a las autoras en los currículos, en los libros de textos, en las pruebas externas… Para qué hablar de María de Zayas, Sor Juana Inés de la Cruz o Ana Caro, no vaya a ser que sepan que había escritoras ya en los Siglos de Oro y se nos emocionen conociéndolas. 

6. Siguiendo siempre el enfoque cronológico, porque es obvio que en 3ºESO no hay nada tan motivador para adentrarse en los clásicos como comenzar con las jarchas y seguir con la literatura medieval para luego pasar a la renacentista y la barroca. 

7. Acumulando contenidos en plazos imposibles de modo que no dé tiempo a leer y comentar los textos necesarios para conocer a sus autores/as, sino que se convierten en un listado de nombres que se memoriza sin que se sepa muy bien por qué ni para qué. 

8. Convirtiendo generaciones como la del 98 o la del 27 en la versión literaria de la lista de los reyes godos…, en vez de permitir que se seleccionen textos y voces que permitan conocer el espíritu creativo y la relevancia de cualquiera de ellas. 

9. Suprimiendo por completo el siglo XXI, no vaya a ser que se cuele algún tema, título o referencia cercana que permita -la PAU/EBAU no lo consienta- que nuestro alumnado se enganche con esos libros y tenga algo que decir, opinar y expresar al respecto. 

10. Manteniendo el mismo canon de hace 20, 40, 50 años, de modo que si entrásemos a dar clase en Bachillerato con uno de los libros de Lázaro Carreter para 3ºBUP nadie notaría la diferencia. 

11. Obligando al profesorado, gracias a modelos como el de la actual Selectividad, a ceñirse a un listado de contenidos inasumible que exige hacer malabares -con los tiempos y la programación- para abordar otros temas y lecturas. 

12. Garantizando que no habrá estudiante de 3ºESO que, a sus 14 años, no haya disfrutado del Polifemo de Góngora que, como todo el mundo sabe, es uno de esos textos tan fáciles de leer como de interpretar. Especialmente, en la adolescencia. 

13. En definitiva, convirtiendo la enseñanza literaria en la exposición-memorización-vómito de listados y repertorios, en vez de en un espacio de lectura, comprensión y discusión que no solo permita conocer los textos clásicos, sino que también nos haga adultos críticos. 

Pese a todo, el éxito de este método para acabar con la lectura no es absoluto por culpa de muchas y muchos docentes que buscan modos de inculcar la pasión lectora en sus estudiantes, más allá de los límites y márgenes curriculares. Docentes que buscan el modo de aproximarse a esos textos clásicos de modo que sí resulten comprensibles y disfrutables para su alumnado, de forma que encuentren en ellos la vigencia y la universalidad que los dota de sentido también en nuestros días. Si no fuera así, no quedaría ni un/a solo/a lector/a en las aulas después de la 5ª vez que se les pide encontrar sinalefas… Pero está claro que hay profesionales que no se resignan a que la literatura sea un inventario. Si nacen pasiones lectoras en las aulas, es culpa suya.

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Déjales que sean autónomos: la tabla inspirada en Montessori para saber qué tareas pueden hacer en cada edad

ARMANDO@armando_bastida

Son muchas las madres (y muchos los padres) que en algún momento dicen que no pueden más, que están agotados, que todo el día están recogiendo, limpiando y continuamente detrás de sus hijos para conseguir que todo esté en su sitio y mínimamente presentable.

Bien, no están solos… todos andamos más o menos igual. Sin embargo, gran parte del “trabajo” de los padres lo asumirían los hijos si se les diera la oportunidad de hacerlo. Es una cuestión de darles autonomía, de ponérselo fácil para que puedan colaborar y de hacerles partícipes de sus “destrozos” y “desórdenes”.

Por eso hoy os decimos esto: “déjales que sean autónomos, para que así crezcan”. Y para saber cuándo están capacitados os dejamos con una tabla inspirada en Montessori para saber qué tareas pueden hacer en cada edad.

Déjale que crezca

Quizás no os lo creáis (o quizás sí), pero son muchos los padres a los que en la consulta les tengo que decir esto: “déjale crecer”, o “ayúdale a crecer”. Porque tienen cuatro o cinco años y no saben casi vestirle solos, no beben agua más que cuando la piden, muchos aún son bañados y casi, casi, alimentados.

¿Que a qué me refiero? Pues que me dicen cosas como “es que está muy pegadito a mí”, “es que duerme solo, pero se viene todas las noches a mi cama”, “es que lo veo muy bebé”, “es que creo que tendré problemas con el pañal”, “es que apenas juega con otros niños”, etc., y yo les digo que no se agobien, que no pasa nada porque el niño haga todo eso, pero que hay muchos niños que aún siguen anclados en la etapa de bebé, y tienen que poder pasar página.

Pero para poder pasar página y que los padres no nos acabemos convirtiendo en sus mayordomos tenemos que promover su autonomía, que hagan cosas ellos solos. No tiene sentido que los fines de semana, por ejemplo, les vistamos nosotros. Que lo hagan ellos. Puedes dejarle la ropa a su altura y que se la pongan… que lleguen a su ropa. Y si prefieres darle tú lo que quieres que se ponga, dáselo, pero no lo vistas, que lo intente él.

Autonomía en los niños

No tiene sentido que el niño tenga sed y que tenga que venirte a decir que quiere agua. Déjale los vasos de plástico en algún cajón que pueda abrir, o fuera, a una altura acorde a su estatura. Y si quieres, incluso una botellita con agua para que él mismo se la sirva.

Y así con todo. Que vea que puede hacerlo. Que lo intente. Que lo haga. Que empiece a ocuparse de su vida, que tiene edad y capacidad para empezar a hacerlo.

No forzar, pero sí permitir crecer

No hay que obligar ni forzar al niño a hacer las cosas. No tiene sentido que se lo hagamos todo los padres y de repente le obliguemos a hacerlo. Tiene que salir de él, de querer hacerlo, de querer colaborar, de querer ser uno más, como tú, partícipe de su imagen, del orden de la casa, de la limpieza, de la higiene…

Así que sugiere, invita a hacer, o directamente haz que sea divertido (si es posible): canta, ríe, hazle reír mientras lo hacéis, cuéntale historias… así puede ser hasta divertido también para ti, aunque tardéis un poco más.

La tabla inspirada en Montessori para saber qué tareas pueden hacer en cada edad

Montessori

Pero… ¿cómo voy a hacer que mi hijo, que apenas ha hecho nunca nada, se ponga ahora a hacer lo que pone en su edad?, pensaréis muchos. Tranquilidad. Si tenéis un hijo de 9 años, por ejemplo, y os acabáis de dar cuenta de que apenas hace nada de eso, y tampoco lo veis capaz, será porque no ha hecho aún mucho de lo anterior.

La tabla es progresiva y orientativa. Un niño de 9 años puede hacer lo que dice la tabla si en las edades anteriores, más o menos, tuvo las responsabilidades para las que estaba preparado. Así que si la estáis mirando y pensáis que os gustaría que vuestro hijo hiciera más cosas, y además pensáis que las hará motivado y con implicación, pues igual tenéis que empezar por cosas de edades inferiores, para finalmente llegar a lo de su edad.

De igual modo, un niño puede hacer las cosas que en la tabla aparecen para niños de más edad. Todo depende de su motivación, sus ganas y su habilidad. Al final la clave está en respetar sus ritmos de aprendizaje.

En cualquier caso no dejan de ser ideas, un abrir los ojos de los padres que piensan que sus hijos son siempre pequeños para hacer algunas cosas, que puede ayudar a todos los miembros de la familia: si mamá y papá no tienen que hacerlo todo, si los hijos también colaboran en las tareas del hogar, puede quedar más tiempo libre para pasar todos juntos. Y esto seguro que los hijos también lo valoran.

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“La pena y la nada… ” (Frase de Faulkner)

PIEDRAS  PRECIOSAS

“Entre la pena y la nada, elijo la pena ”.

FAULKNER

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Los 7 pecados sociales según Gandhi

Edith Sánchez· 06 marzo, 2018.

Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González al 06 marzo, 2018

La fuerza no viene de la capacidad física. Viene de una voluntad indomable.

-Gandhi-

Los 7 pecados sociales definidos por Gandhi son una hermosa compilación de aquellas conductas que causan graves daños a una sociedad. Este líder espiritual y político fue un auténtico convencido de que la moral era una fuerza superior. Por eso mismo, señaló cuáles eran esos factores que minaban la moral socialmente.

Los 7 pecados sociales según Gandhi

Las fuerzas morales son un conjunto de valores. Estos comprenden las virtudes religiosas, cívicas, familiares, etc. Todo ello integralmente conforma una ética. Y es esa ética el principal motor de la cultura. Gandhi fue un ejemplo de esto.

Los pecados sociales, a su vez, se refieren a conductas que se contraponen a la ética. Configuran una situación que debilita a la sociedad. Cuando los valores no son fuertes, la respuesta es muy débil frente a los momentos de crisis o de dificultad. Los siguientes son esos pecados sociales sobre los que Gandhi advirtió.

1. Política sin principios.

Cuando hablamos de política, inmediatamente nos imaginamos solamente a los políticos. Se volvió un lugar común criticarlos y tacharlos de corruptos. También usar esa idea como pretexto para, aparentemente, no participar en política.

Grupo de personas víctimas del efecto Bandwagon

Sin embargo, se nos olvida que nosotros también formamos parte de ese régimen al que cuestionamos. Si se sostiene es gracias a nosotros, bien sea por acción o por omisión. Todos estamos involucrados en la política, como participantes activos o pasivos. La pregunta es si nuestra participación contribuye a construir valores en la política o no.

2. Negocios sin moral (comercio sin moral)

La ambición es otro de esos factores que a veces conduce a los pecados sociales. Cuando solo se piensa en el bienestar propio, suele aparecer la idea de que ese bien justifica cualquier acción. El éxito personal se convirtió en un pretexto para incurrir en las más sórdidas actuaciones.

engranajes con personas representando las teorías sobre los pecados sociales

Incluso gente que se puede considerar “de bien”, termina creyendo que “hay que ser prácticos”. Llaman idealista o soñador a quien involucra valores morales en el tema. Este tipo de conductas solo llevan a que cada vez el límite sea más impreciso y termine imperando una especie de “ley de la selva”.

3. Bienestar sin trabajo (riqueza sin trabajo)

El trabajo no es solo un medio para obtener ingresos. Trabajar y ganarnos el sustento también es un factor que nos hace dignos. Por el contrario, vivir del trabajo de otros deteriora nuestro ser. Nos convierte en parásitos sociales.

El bienestar debe ser fruto del esfuerzo. De hecho lo es. Resulta frecuente que quien vive sin ser útil, rara vez se siente realmente bien. Lo habitual es lo contrario: se torna insaciable, nada termina de satisfacerle, nada termina de cobrar sentido.

4. Educación sin carácter

La educación es un proceso integral. Cuando no se entiende de ese modo, da lugar a uno de los pecados sociales. Educar a alguien no es instruirlo o adiestrarlo. Tampoco atiborrarlo de conocimientos o hacerlo experto como si fuera máquina.

ilustración de Gandhi representando sus teorías sobre los pecados sociales

Quienes están encargados de la formación de alguien deben ser conscientes de que tienen que ser firmes frente a los principios que inculcan. La inconsistencia es un pésimo mensaje para alguien en formación.

5. Ciencia sin humanidad

Aunque en principio la ciencia sirve a la humanidad, también se dan muchos casos en los que esto no es así. Por ejemplo, cuando se promueven informaciones inexactas o falsas, amparándose en investigaciones fraudulentas o cuando se realizan experimentos e investigaciones en las que se llevan a cabo comportamientos poco éticos con personas y animales.

6. Goce sin responsabilidad (placer sin consciencia)

La búsqueda del placer es absolutamente legítima. Cada ser humano tiene el derecho de buscar aquello que le proporcione placer a sus sentidos y a su espíritu. Lo malo es que cuando se cae en excesos, ese mismo placer termina causando daño.

Gandhi tenía una visión estoica al respecto. Encontraba en la moderación una de las grandes virtudes. Ser responsable frente al goce significa mantener un equilibrio frente a lo que nos produce placer. No dejar que se convierta en un exceso vicioso, que termine estropeando otros valores.

7. Religión sin sacrificio

Aunque Gandhi habla exclusivamente de la religión, en este caso el principio se puede aplicar a cualquier tipo de creencia espiritual, religiosa o no. Cuando se profesa una creencia, esta exige que lo que hay en la mente y en el corazón se traduzca en hechos.

Si se considera que uno de los pecados sociales es la religión sin sacrificio es porque las convicciones sin hechos pierden en gran medida su valor. Cuando se cree en algo realmente, se debe estar dispuesto a renunciar a muchas cosas por ello.

Estos son, pues, los 7 pecados sociales que Gandhi advirtió. Lo más importante es que su vida fue un ejemplo de lucha contra ese tipo de comportamientos. Y más relevante aún que haya conseguido todo lo que consiguió aplicando sus principios y amparado por su fuerza moral.

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La frase. Francisco Umbral

  PIEDRAS PRECIOSAS:

“El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”

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El poder terapéutico de los cuentos infantiles

Los cuentos son un elemento fundamental en el kit de momentos felices de la infancia. Permiten que la ilimitada imaginación de nuestros hijos navegue por mundos insospechados. Son también parte del inventario del curso escolar, que comienza ahora, ya que son recursos para desarrollar el lenguaje y el aprendizaje.

Y en esa carrera, que parece irreal y fantasiosa, es posible descubrir algo más. Porque los cuentos no solo alfabetizan, entretienen, divierten y ayudan a pasar el rato o a relajarse antes de dormir, sino que también permiten identificar y conocer algunos de los pensamientos, sentimientos y emociones que rondan por las cabezas y corazones de nuestros pequeños. Algo tan cercano como las historias que leen o les leemos todos los días pueden convertirse en una poderosa herramienta para conocer más y mejor la vida interior de los niños. Pero estas narraciones son más que una simple decodificación de signos; es también una forma de conversación, como expresa en un trabajo de la Universidad Veracruzana de México, la psicóloga Diana Rico Norman: “el cuento es una manera de relacionarse con el entorno, donde además el niño puede conocer los sentimientos y realidades humanas”.

Justamente, por eso, algunos psicólogos consideran a los cuentos entre sus recursos más ricos y eficaces. De hecho, el uso terapéutico de los cuentos nació en la terapia con adultos, de Milton H. Erickson, quien empleaba las metáforas y los relatos breves para llegar a un diagnóstico y una evaluación de la personalidad. Hoy en día, una buena parte de la psicología, incluido el psicoanálisis, se beneficia de ellos.

Pero, ¿qué superpoder terapéutico tienen los cuentos?

“Las historias y aventuras generan, en primera instancia, motivación e interés en los niños, y, a la vez, tratan los temas de forma indirecta. Permiten abordar ciertos asuntos de una forma mucho más relajada y en la se les invita a reflexionar”, nos cuenta Laura Aguilera, psicóloga, psicopedagoga y fundadora del centro PAI, de Barcelona, además de escritora de cuentos infantiles. No nos referimos a los cuentos de corte didáctico y moralizante que tanto se escribían antes, sino de los de la nueva literatura, que se antoja más gozosa y en la que lo importante es que los niños disfruten, enganchen con las historias y los personajes, y puedan colarse, en cierta forma, en ellas.

Estas narraciones son, sin duda, un momento de encuentro, pero además permiten al niño crear y recrear esa u otra historia, incluso la suya. En ellas encuentra descritos los problemas que le afligen, descubre soluciones en las que no había pensado, ve reflejados sus temores, sus emociones y se identifica con los personajes. De esta manera, enriquece su mundo y su creatividad.

Las características que tiene un cuento terapéutico

En líneas generales, deben adaptarse a la edad del niño, tener la extensión adecuada, un lenguaje sencillo, un mensaje claro y, por supuesto, personajes y situaciones cotidianas que atraigan su atención, que pueda comprender fácilmente y les sean familiares: miedo a la oscuridad, a perderse, a hacerse daño, a la muerte… Los niños, desde muy pequeños, desarrollan un pensamiento simbólico junto al lenguaje verbal, lo que los conduce a la asimilación de la realidad. Solo con una imagen, dibujo, objeto, letra, frase u otro símbolo, son capaces de crear significados de fuerza. En el viaje de inicio, desarrollo y desenlace de un cuento, las metáforas también enriquecen y proponen desafíos. Decía el Dr. Milton H. Erickson, que estas con capaces de guiar al niño hacia la resolución de sus problemas porque fomenta que extraiga del relato sus propias conclusiones y ofrece un modelo flexible, abriendo una puerta a varias salidas. Pero la esencia de un cuento terapéutico son los personajes, que activan las neuronas espejo del pequeño lector y les permiten empatizar y aprender de esas acciones que, en un principio son ajenas, pero que, en realidad, son las propias.

El momento ideal para utilizarlos

Según la directora de PAI, en psicología, los cuentos valen, principalmente, para tratar temas específicos en la etapa infantil, pero funcionan muy bien en todas las edades. “Hay que tener en cuenta que hay historias que valen para ciertas edades y no son eficaces para otras, por lo que hay que seleccionarlos bien: ni muy infantiles o sencillos, ni tampoco muy complejos. Los objetivos van en función de las necesidades de cada niño. En los más pequeños, por ejemplo, se recurre a temas sobre la gestión del enfado y otras emociones desagradables, o el miedo a la oscuridad. Cuando los padres se separan, el bullying o los conflictos entre iguales, el duelo, la autoestima son situaciones que pueden estar contenidos en los cuentos y, muchas veces, también lo están posibles soluciones.

Curar con cuentos las emociones de la pandemia

La psicóloga señala que estos recursos se pueden utilizar en cualquier momento de la vida. Incluso hoy, ya existen cuentos gratuitos incluso sobre la covid, para entenderla y aceptarla. Por otro lado, “quizás pueden haber aumentado algunos conflictos emocionales que existían en los niños antes de la pandemia, y ahora con todo el estrés, la ansiedad y la incertidumbre, han ido a más”, sostiene la también escritora. “Estos recursos nos permiten conversar con el niño sobre lo que le acongoja, reflexionar y que se abra a los padres más fácilmente. Es como crear una base sobre la que, tanto psicólogos como padres, podrán ir construyendo cimientos”, dice Aguilera. La psicopedagoga nos enumera algunos de los cuentos que utiliza en sus terapias para hablar de ciertas emociones.

  •  LA MUERTE. Para siempre, de Camino García, que describe el peso que supone el duelo, cómo es natural irlo a sentirlo y cómo se puede ir aligerando.
  •  LA ENFERMEDADUn monstruo viene a verme, de Patrick Ness (llevada al cine por Juan Antonio Bayona) sirve tanto para tratar la enfermedad, así como la muerte. Es una novela corta sobre un niño cuya madre tiene cáncer a una visita inesperada que lo enfrenta su fragilidad y miedo y le da armas para enfrentarlos. Resulta una trama un poco complicada, que no todos los niños comprenden.
  •  LA ANSIEDAD. El emocionario, de Cristina Núñez y Rafael Valcárcel, un itinerario por las diferentes emociones, muchas de ellas, que entran en el círculo de la ansiedad. O El emocionómetro del inspector Drilo, de Susana Isern y Mónica Carretero, un manual para identificar, medir y regular 10 emociones. También los cuentos de yoga o relajaciones sirven para calmar la ansiedad: Om, de María Isabel Sánchez, o Respira, de Inês Catel-Branco.
  •  LA INSEGURIDAD/INCERTIDUMBRE. Muchas veces asociada a una falta de autoestima, se empodera al niño con cuentos para generar seguridad y confianza como Guapa (Harold Jiménez Canizales), Orejas de mariposa (Luisa Aguilar), Yo voy conmigo (Raquel Díaz Reguera) y El viaje de Lula, este último un proyecto de la propia psicóloga.
  •  LAS NORMAS: Rana de tres ojos, de Olga de Dios, describe el impacto de la contaminación y cómo mejorar esta situación a través del impacto colectivo y las soluciones en grupo.
  •  EL BULLYING. Hoy no juegas, de Pilar Serrano, para tratar el acoso escolar, aislamiento, exclusión, empatía, amistad, solidaridad…

Cómo es una terapia con cuentos

La terapia infantil es distinta de la de los adultos. Con los cuentos buscamos que el niño relacione el relato con su propia vida, pero no sea parte de ella. La psicopedagoga nos describe, a grandes rasgos, su forma de trabajar con cuentos: “primero, se lee o hace leer el cuento al niño. O lo hacemos juntos, intercalando páginas de lectura para crear vínculo. Luego, se le pregunta si ha entendido la historia y se le pide que resuma qué ha sucedido, con preguntas para irlo ayudando. Hablamos acerca del protagonista (¿qué piensas de él?, ¿cómo crees que se siente?, ¿cómo crees que debería comportarse?, ¿qué crees que debería hacer?…). Finalmente, se le pregunta si se identifica en algún aspecto con el personaje. A partir de ahí, empieza la reflexión profunda, en la que el pequeño ya proporciona información sobre su vida, experiencias, sentimientos, emociones, etc. Información reveladora, por cierto, ya que en terapia infantil permite empezar a trabajar con lo que siente el pequeño”.

Reforzar en casa

Explicar por qué los psicólogos infantiles utilizan los cuentos en sus consultas nos da una pista de la potencia e impacto que tienen. Si bien la terapia la hace un profesional, los padres también podemos apoyar esta iniciativa en casa: “lo principal es crear un ambiente relajado a la hora de leer los cuentos, que sea un momento para generar vínculo, proximidad, compartir y disfrutar. Sin expectativas ni directrices. Un ejercicio útil es hablar del cuento leído, relacionarlo con aquel día que le pasó algo parecido a nuestro hijo o comentar qué le ha sugerido la historia. Incluso si ha sucedido algo similar a papá o a mamá, para que vean que los padres no somos perfectos, nos pasan cosas y cómo las vamos superando. Y si el niño no quiere abrirse más o no quiere hablar del tema, dejemos la actividad, y hagamos otra cosa. Hay que darle tiempo y probar otro día”, concluye la experta.

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El hombre y la verdad (Anthony de Mello)

PIEDRAS PRECIOSAS

“La distancia más corta entre el hombre y la verdad es siempre un cuento”

(Frase  de Anthony de Mello)

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Los límites de la subjetividad y los ‘idiotas’ de Umberto Eco

In Memoriam Umberto Eco

Antonio Machado, en sus Proverbios y cantares (LXXXV) nos ofrece estos breves e intensos versos:

¿Tu verdad? No. La Verdad,

y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.

La Verdad, para Machado, es algo que se busca, y que se busca en compañía, en diálogo con los hechos y con los demás, aunque su discernimiento final sea siempre una responsabilidad individual.

En un momento en el que muchos animan el río revuelto de la mentira, el engaño, la falsedad, los “fakes”, es más necesario que nunca proclamar dos principios igualmente importantes: que los seres humanos no podemos alcanzar ninguna verdad absoluta, pero que sí podemos caminar hacia un horizonte de verdad relativa en el que debemos clarificar nuestras interpretaciones, contrastarlas con los demás y hacerlas más respetuosas con los hechos.

Entre la verdad absoluta y el relativismo absoluto

Acerca del primer principio, que rechaza el objetivismo y el dogmatismo de quienes se creen en poder de la verdad y quieren imponerla a los demás, recordamos la reflexión de Popper:

“El concepto de verdad absoluta es un acto de fe, lejos de la razón… solo sirve para consolar a aquellos que quieren un saber seguro del que creen no poder prescindir. Son personas a quienes les falta el valor para vivir sin seguridad, sin certeza, sin autoridad, sin un guía”.

Es imprescindible el ejercicio de la duda, aceptar el cuestionamiento de los hechos, como afirma Victoria Camps (2018) en Elogio de la duda:

Anteponer la duda a la reacción visceral. (…) la actitud dubitativa, no como parálisis de la acción, sino como ejercicio de reflexión, de ponderar pros y contras.

Igualmente, a quienes se amparan en un inadmisible subjetivismo que conduce al relativismo (“todo vale”, “cada cual tiene su opinión”, “tú con tu verdad y yo con la mía”) habría que recordar que no todas las interpretaciones son igualmente respetuosas con los hechos, y que hay límites en la interpretación.

Por eso no debemos confundir subjetividad con subjetivismo, ni relatividad con relativismo.

Verificación y diálogo, dos principios básicos

Tal es la orientación de Umberto Eco en una de sus obras más importantes, Los límites de la interpretación. Todos interpretamos, porque esta dimensión hermenéutica es un existenciario, una manera de vivir los seres humanos: vivimos interpretando. Pero no todas las interpretaciones son iguales. No todas guardan la misma distancia y el mismo respeto en relación con los hechos.

Los criterios prácticos para depurar nuestras interpretaciones de inevitables sesgos y tendencias deformantes, de intereses que a veces tienen poco que ver con la realidad que tenemos delante, son fundamentalmente dos:

  1. Volver una y otra vez hacia la realidad que queremos interpretar (principio de verificación);
  2. Conocer las diversas interpretaciones (perspectivismo) y dirimirlas intersubjetivamente, dià-lógos, a través de la palabra, en vivo, dinámico y abierto diálogo con los otros.

A medio camino de ambos extremos se sitúa la Teoría del Emplazamiento/Desplazamiento (TE/D). Frente al objetivismo radical que conduce al dogmatismo y la imposición, y frente al relativismo subjetivista que también termina con la imposición del más fuerte, del “statu quo” o de la mentira que se ha hecho creer a los demás, solo nos queda defender una relatividad intersubjetiva, respetuosa con el hecho interpretado y siempre abierta al diálogo. Acercarnos continuamente al horizonte de la verdad, aunque sepamos que nunca la alcanzaremos plenamente.

La ética de la información

Eco dedicó sus últimos años a defender esta necesidad de aproximarnos a la verdad y establecer una ética de la información. Lo hizo con la novela Número cero, que denuncia la corrupción de la economía, de la política, de unos medios de comunicación carentes de ética.

Y fue más allá. Sus últimos artículos en la prensa denunciaban constantemente la mentira, la intoxicación, y el negativo papel de las redes sociales –tan positivas en otros ámbitos– para todo ello. Su libro póstumo se tituló, en su traducción española, significativamente, De la estupidez a la locura.

Los dos artículos del año de su muerte, 2015, eran, muy sintomáticamente, “¿Estamos todos locos?” y “Los necios y la prensa responsable”. Al último, publicado en la L’Espresso, pertenecen sus polémicas palabras que nunca pueden ser interpretadas ni desde el elitismo, ni desde la falta de respeto al pluralismo, principios ajenos a su pensamiento. Venía a decir Eco en ese texto que las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas.

Estos “idiotas” hacen un daño irreparable a la sociedad, amparados o dirigidos por políticos sin escrúpulos y por intereses económicos inconfesables. Y llevados al paroxismo por estrategias diseñadas de mentiras e intoxicaciones en las redes sociales, capaces de cambiar el curso de los hechos y falsear la opinión pública con el apoyo del Big Data, Cambridge Analytics (que vulneró el derecho a la intimidad de 50 millones de ciudadanos en 2016) y miles de trollsbots y otros dispositivos de generación de fake news.

Ni imposiciones dogmáticas, ni relativismos, ni falsos escepticismos. Frente a tanta mentira, bulos, falsedades, injurias, calumnias, intoxicaciones, que son el río revuelto en el que pescan los más corruptos, procuremos vivir con plenitud, avanzar hacia los horizontes de verdad, bondad y belleza a que podamos aspirar, y alcanzar una razonable felicidad para nosotros y para los demás, en vida compartida. El futuro depende de ello.

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Este verano, asegúrate de que tus hijos se aburran

En los meses de verano, sin extraescolares ni colegio, aumentan las posibilidades de aburrimiento

 

Álvaro Bilbao defiende que el aburrimiento es "la madre de la creatividad". - ShutterStock

Álvaro Bilbao defiende que el aburrimiento es “la madre de la creatividad”. –

MARÍA DOTOR
29/06/2020

 

“Mamá, papá, me aburro”. Esta es quizá una de las frases que más miedo nos da escuchar de la boca de nuestros hijos. Y ahora que vienen tres meses de verano, sabemos que la van a pronunciar muchas veces. No tienen colegio, ni extraescolares… Las horas libres abundan y las posibilidades de aburrimiento se multiplican.

Como dice Kim John Payne, de Simplicity Parenting, vivimos que nuestros hijos se aburran como “un fracaso personal”, tal vez porque nos encontramos en una sociedad obsesionada por hacer y no parar.

¿Cómo? ¿Qué ya tienes una lista hecha de actividades para anticiparte a este problema? Ni hablar, olvídate de convertirte este verano en animadora sociocultural de tus hijos, porque el aburrimiento, como nos dice Álvaro Bilbao, es “la madre de la creatividad. Hace que el niño se fije, observe… En definitiva, que mate ese aburrimiento tirando de imaginación”.

Pero no solo él le otorga cualidades positivas al aburrimiento, muchos otros expertos destacan lo maravilloso que es que nuestros hijos se aburran.

Silvia Álava: “Los niños tienen que tener tiempo para aburrirse”

La psicóloga infantil Silvia Álava lamenta que «en ocasiones carguemos a los niños con tal cantidad de actividades que luego no tienen tiempo libre para disfrutar». Por eso, nos recuerda que «los niños tienen que tener tiempo para estar ellos solos, para aburrirse, para fomentar su creatividad, tiempo sin estar constantemente con un adulto que le esté dirigiendo».

Heike Freire: “El aburrimiento es un momento de creatividad”

La experta en innovación educativa nos propone educar en verde, es decir, en contacto con la naturaleza. Pero es consciente de que en el campo «nuestros hijos se quejan más que nunca de que están aburridos”. ¿Nos hemos planteado por qué? Quizá, en el día a día les ofrecemos tantos dispositivos externos para entretenerse que hemos atrofiado su capacidad de inventiva.

Eva Millet: “En esta carrera por lograr el súper-hijo nos cargamos la infancia y el tiempo para aburrrirse”

Nuestro miedo al aburrimiento de nuestros hijos tiene mucho de sobreprotección y de persecución de un ideal de perfección en la educación de nuestros hijos, tal como lo ve la periodista y autora de Hiperpaternidad: «En esta carrera por lograr el súper-hijo nos cargamos la infancia: el tiempo para jugar y para aburrirse y la adquisición de otras habilidades que también son básicas en la vida». Y es que, nos decía Eva, «la educación no solo es la adquisición de conocimientos puros y duros, también es la formación de un carácter para implementarlos (que incluye aprender a tener paciencia, capacidad de esfuerzo, empatía, curiosidad, tolerancia a la frustración…)», y, claro, también aprender a aburrirse.

Bei Muñoz, de Tigriteando: “Nuestros hijos no tienen tiempo de aburrirse y organizar su tiempo”

Cuando le preguntamos a Bei Muñoz cuál podría ser el reto educativo principal de las familias hoy en día, la autora de Tigriteando lo tuvo claro: la falta de tiempo. «No tenemos tiempo, es un ritmo de vida frenético el que llevamos, es prácticamente imposible dedicarnos a observar, simplemente observar, lo que hacen nuestros hijos, muchas veces no tienen si quiera tiempo de aburrirse y organizar su tiempo». Y es que nuestras prisas y «los horarios rígidos chocan con las necesidades de los niños, que realmente son bastante parecidos al primer Homo Sapiens que pisó la Tierra», es decir, que las prisas y el estrés «van en contra de la naturaleza, y cuando luchas contra ella siempre tienes las de perder».

Kim John Payne: “El aburrimiento es un regalo”

Payne es el creador de Simplicity Parenting (Parentalidad Sencilla), un movimiento que aboga por volver a los básicos al educar y evitar la sobreestimulación, la sobreprotección y el exceso de actividades dirigidas. Con la idea de que «menos es más», Payne no duda en afirmar que «el aburrimiento es un regalo, el puente entre no hacer nada y el juego profundamente creativo». Para Payne, los padres deberíamos desear que «nuestros hijos se aburran y así tengan que pensar qué hacer con ese aburrimiento, sin pantallas y sin nuestra ayuda».

Muchos expertos insisten en esta misma idea de Payne: “El precursor de la creatividad es el aburrimiento. Cuando los niños se aburran, hay que evitar las pantallas, en donde ven la creatividad de otras personas». Sin embargo, en una cultura en la que se ensalza el estar continuamente ocupado como un valor, «nos hemos acostumbrado a ver el aburrimiento de nuestros hijos como un fracaso personal».

Alberto Soler: “A veces proyectamos en los niños nuestra intolerancia al aburrimiento”

El conocido psicólogo afirma en una de sus Píldoras de Psicología que «a menudo los padres tenemos miedo al aburrimiento de los niños. Pensamos que si no les damos algo que hacer y les tenemos entretenidos nos la van a liar… ¡y puede que sea verdad! Pero… ¿es bueno evitarles siempre el aburrimiento a los niños?», se pregunta. Y es que «a algunos padres les agobia tanto el aburrimiento de sus hijos que se acaba convirtiendo en un parque de atracciones ambulante: les organizan juegos en el parque, contratan animadores en el cumple…».

Rescatar a nuestros hijos del aburrimiento no es bueno, porque «no les estamos dando la oportunidad de pensar ellos solitos cómo llenar ese vacío. Si nunca pueden decidir qué hacer con su tiempo libre, ¿cómo van a aprender a gestionarlo?». Alberto considera que somos los adultos «los que proyectamos en ellos nuestra intolerancia al aburrimiento. Esa intolerancia se ha agudizado desde que tenemos el telefonito inteligente. Nos ha invadido un horror al vacío en el que no podemos estar más de medio minuto sin estar ocupados en algo», como cuando sacamos el móvil mientras esperamos el autobús, por ejemplo.

Javier Urra: “Nuestros hijos tienen que aprender a aburrirse”

El primer Defensor del Menor advierte de la tendencia de los padres y madres a buscar la felicidad y la alegría de los hijos por encima de todo: “Educar para que mañana los niños sean felices no es real, no es verdad. Las pérdidas y las incomprensiones son parte de la existencia. Nuestros niños tienen que aprender a aburrirse, a manejarse en la soledad. Creo que esta sociedad exige a la vida mucho más de lo que la vida le puede dar”.

Claves para gestionar el aburrimiento de nuestros hijos

1. No sacar el salvavidas: nadie muere de aburrimiento y no es muy positivo que les rescates de esa sensación. Y por salvavidas nos referimos a tus dotes de animador sociocultural, tu catálogo de soluciones o incluso las pantallas.

2. Ver el lado positivo del aburrimiento. Si vivimos el aburrimiento como un problema o como una pesadez o tenemos miedo, como dice Alberto, de que nos la líen, tal vez nuestros hijos verán el aburrimiento como un problema difícil de solucionar. Sin embargo, si les transmitimos que el aburrimiento es una oportunidad para pararse y pensar qué quiero y puedo hacer con mi tiempo, seguramente lo verán de otro modo.

3. Transmitir confianza en que podrán encontrar algo interesante que hacer. Muchas veces vivimos el aburrimiento de nuestros hijos como la obligación de sacarlos de ahí y, por lo tanto, los sobreprotegemos. Pero si pensamos que son ellos los que saben, mejor que nadie, qué hacer con ese tiempo y cómo divertirse, si les transmitimos el mensaje de que ellos pueden gestionar su tiempo, seguro que sentiremos menos presión y haremos a nuestros hijos más autónomos.

4. Vivirlo como una oportunidad para conectar y ser creativos. La unión hace la fuerza, y también contra el aburrimiento. Seguro que juntos se os ocurren muchos juegos, muchas actividades que realizar juntos o mucho por inventar.

 

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