“Cinco fases”. Manuel Vicent (El País)

 

7 de junio de 2015

La psiquiatra Elizabeth Kübler- Ross ha explicado las famosas cinco fases por las que pasa la psicología humana ante la noticia de una enfermedad mortal, tragedia familiar o pérdida de un ser querido. Este proceso también se puede aplicar frente a un descalabro político, como el que recientemente ha sufrido el Partido Popular, en las elecciones municipales y autonómicas, presagio de un probable cataclismo final en las próximas generales. La primera etapa de este duelo consiste en la negación. Esto no puede ser verdad, se dijo en el primer momento Esperanza Aguirre; seguiré siendo la dueña del cortijo de Madrid, nada ha cambiado. La segunda etapa es la ira. ¿Cómo ha podido sucederme esta derrota a mí, si nadie me ha llevado la contraria desde que era una niña y siempre he hecho lo que me ha dado la gana? Soy un animal político, la lideresa castiza, descarada, simpática y retrechera. Se van a enterar estos pulgosos de Lavapiés. La tercera etapa desemboca en la negociación. El enfermo terminal trata de aplacar a esa fuerza superior, pide perdón, promete cambiar de vida, dejar de fumar, hacerse vegetariano, portarse bien. Esperanza Aguirre aceptará que algunos de sus enconados enemigos podían aliarse con ella para sacar del circuito a los comunistas y antisistema; ella está dispuesta a cualquier renuncia con tal de conseguir este propósito. Pero el pacto no funciona y entonces se inicia la cuarta etapa que es la depresión. La prepotencia y desplantes de los líderes del Partido Popular son sustituidos por sus ceños a media asta. El presidente Rajoy da la sensación de ser consciente por primera vez de la magnitud de la derrota. Finalmente, se llega a la quinta fase. ¡Qué hostia… qué hostia! —exclama Rita Barberá abrazada al cuello de un corrupto. Tenía que pasar. Todo está perdido. La quinta fase es la aceptación.

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Ni bilingüe ni enseñanza. JAVIER MARÍAS. El País. 17 MAY 2015

Los españoles se empeñan en trufar sus diálogos con términos en inglés, mal dichos e irreconocibles

Una de las mayores locuras del sistema educativo español –también una de las más paletas– ha sido la implantación, no sé en cuántas comunidades autónomas, de lo que sus responsables bautizaron pomposa e ilusamente como “enseñanza bilingüe”, consistente en que los alumnos estudien algunas asignaturas en español y otras en inglés. Pongamos que Ciencias Naturales –o como se llame su equivalente en la actualidad– se imparte exclusivamente en la lengua de Elton John. Bien. Los encargados de las clases no son, sin embargo, salvo excepción, nativos británicos ni estadounidenses ni australianos ni irlandeses, sino individuos de Langreo, Orihuela, Requena, Conil o Mejorada del Campo que se supone que dominan dicha lengua. Pero, por cuanto me cuentan personas que trabajan en colegios e institutos –y absolutamente todas coinciden–, esos profesores poseen un conocimiento precario del idioma, de nuevo salvo excepción; lo chapurrean, por lo general tienen pésimo acento o ignoran la pronunciación correcta de numerosas palabras, su sintaxis y su gramática tienden a ser mera copia de las del castellano, y además, en cuanto se encuentran con una dificultad insalvable, recurren un rato a esta última lengua, sabedores de que es la que los estudiantes sí entienden. El resultado es un desastre total (ni enseñanza ni bilingüe): los chicos salen sin saber nada de inglés y aún menos de Ciencias o de las asignaturas que hayan caído bajo el dominio del presunto o falso inglés. Al parecer no se enteran, dormitan o juegan a los barcos (si es que aún se juega a eso) mientras los individuos de Orihuela o Conil sueltan absurdos macarrónicos en una especie de no-idioma. Algo ininteligible hasta para un nativo, un farfulleo, una ristra de vocablos quizá aprendidos el día antes en Internet, un mejunje, un chapoteo verbal.

Una de las cosas más incomprensibles es una lengua extranjera mal hablada por alguien que, para mayor fatuidad, está convencido de hablarla bien. Incluso alguien que conozca la gramática, la sintaxis y el vocabulario, capacitado para leerla y hasta traducirla, sólo emitirá un galimatías si tiene fortísimo acento, pronuncia erróneamente o no adopta la adecuada entonación. He oído contar que ese era el caso del renombrado traductor Fernando Vela, que vertió al español muchos libros, pero que si oía decir como es debido “You are my girl”, frase sencilla, no la reconocía: para él “You” se pronunciaba como lo veía escrito, y no “Yu”; “are” no era “ar”; “my” no era “mai”, sino “mi”; y la última palabra era “jirl”, con una i bien castellana. Si oía “gue:l” (pronunciación correcta aproximada), simplemente no estaba facultado para asociarla con “girl”, que había traducido centenares de veces. También he oído contar que Jesús Aguirre se atrevió a dar una conferencia en inglés en una Universidad norteamericana. Los nativos lo escucharon pacientemente, pero luego admitieron, todos, no haber comprendido una palabra de aquel imaginario inglés de esparto. En una ocasión oí a un colega novelista leer fragmentos de sus textos en una sesión londinense. Pese a que el escritor había residido largo tiempo en Inglaterra y debía de conocer su lengua, no estaba capacitado para hablarla de manera inteligible, tampoco allí entendió nadie nada.

Lo curioso es que, a pesar de estas dificultades frecuentes, los españoles de hoy están empeñados en trufar sus diálogos de términos en inglés, pero por lo general tan mal dichos o pronunciados que resultan irreconocibles. Hace poco oí hablar en una tertulia del “Ritalix”. Así visualicé yo la palabra al oírsela a unos y otros, y tan sólo saqué en limpio que lo de “Rita” iba por la alcaldesa de Valencia, Barberá. Al poco apareció el engendro por fin escrito en pantalla: “Ritaleaks”. Lo mismo me pasó con un anuncio de algo: “Yástit”, repetían las voces, hasta que lo vi escrito: “Just Eat”. En castellano contamos con sólo cinco vocales, así que si uno no distingue que “it” no suena igual que “eat”, ni “pick” como “peak”, ni “sleep” como “slip”, ni “ship” como “sheep”, con facilidad llamará ovejas a los barcos y demás. Si además ignora que se usa la misma vocal para “bird”, “Burt”, “herd”, “hurt” y “heard”, pero no para “beard” ni “heart”, o que “break” se dice “breik” pero “bleak” se dice “blik”, son fáciles de imaginar las penalidades para entender y para hacerse entender. La gente española llena hoy sus peroratas de “brainstorming”, “crowdfunding”, “mainstream”, “target”, “share”, “spoiler”, “feedback” y “briefing”, pero la mayoría suelta estos vocablos a la española, a la pata la llana, y así no habrá británico ni americano que los reconozca en tan espesos labios. Vistas nuestras limitaciones para la Lengua Deseada, a uno se le ponen los pelos de punta al figurarse esas clases de colegios e institutos impartidas en inglés estropajoso. ¿No sería más sensato –y mucho menos paleto– que los chicos aprendieran Ciencias por un lado e inglés por otro, y que de las dos se enteraran bien? Sólo cabe colegir que a demasiadas comunidades autónomas lo que les interesa es producir iletrados cabales.

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HOMENAJE A UN PROFESOR HÉROE. (El Mundo, viernes 24 de abril de 2015)

       Sr. Director:

            Se llamaba Abel Martínez, pero eso a casi nadie le interesa. Era, según dicen, de Lérida y tenía 35 años. Trabajaba como profesor de Historia en un instituto de Barcelona y murió en acto de servicio. Cayó abatido a la puerta de su aula, cuando acudía a poner orden en un incidente escolar. Fue muerto (¿podré decir asesinado?) por un estudiante incontrolado del que lo sabemos casi todo y por el que todo el mundo –desde jueces a periodistas, pasando por psicólogos y políticos- está muy preocupado. Nadie sabe nada (ni importa, al parecer) de Abel y su familia, de sus padres o hermanos, de su novia o tal vez de sus hijos.
Era un profesor. Si hubiera sido un militar caído en lejanas tierras, habría ido a buscar su cadáver el ministro del ramo, se le habrían hecho honores de Estado y seguramente le habrían condecorado con distintivo rojo o amarillo, vaya usted a saber. Pero Abel era, simplemente, un profesor. Un profesor interino, para más inri. El primer docente muerto en las aulas en nuestro país no se merece el oprobioso silencio, el incomprensible ninguneo que le han dedicado los medios de comunicación. Así que solicito desde aquí que el próximo instituto que se inaugure en España lleve el nombre de Abel Martínez, y que se conceda al profesor leridano, a título póstumo, la Cruz de Alfonso X el Sabio.
Luis Azcárate Iriarte.  Pamplona
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Padres helicóptero, niños burbuja: el riesgo de la sobreprotección infantil. (El Huffington Post)

SOBRE

Raquel tiene casi 11 años y no se atreve a ir a comprar el pan a la tienda de enfrente, situada a apenas 200 metros de su casa. “Me da miedo. Nunca he salido sola a la calle”, esgrime.

Situaciones como ésta se repiten en muchos hogares del primer mundo y son fruto, según los expertos, de un mismo árbol: la sobreprotección. Hace unos meses, la revista digital estadounidense Slate realizó una encuesta entre 6.000 lectores a los que preguntó qué cosas de las que hacían de pequeños permitían hacer hoy a sus hijos. La conclusión fue clara: los niños actuales tienen mucha menos libertad que sus progenitores.

Pero, ¿qué diferencia hay entre los pequeños de ahora y los de hace 20 años? ¿Qué ha cambiado para que la actitud de los padres haya variado de forma tan radical? ¿Cuáles son las posibles soluciones?

NIÑOS “MÁS TORPES”

Pablo sigue tomando el biberón con cuatro años, pese a que los médicos recomiendan eliminar este hábito a los 13 meses.

Después de 30 años en el mundo de la educación, Mercedes Gómez observa grandes diferencias entre los niños de ahora y los de antes: al empezar la guardería, los pequeños de hoy en día suelen ser más “torpes”. Por ejemplo, “no saben montar en triciclo y apenas saltan, porque sus padres les llevan de la silla de paseo a la sillita del coche”, explica esta directora de la escuela infantil La flauta mágica de Ciudad Real. A su juicio, los menores están mucho más apegados a sus progenitores y les cuesta más adaptarse a los cambios.

Cuando los niños inician su etapa preescolar, la situación no varía: también son mucho más “inmaduros” que antes. Al menos así lo ve Carmen Velasco, una maestra con 25 años de experiencia. Según la profesora, ahora los pequeños se enrabietan a la mínima y son más ñoños y dependientes. “No son capaces de hacer cosas tan cotidianas y sencillas como abrir un grifo”, lamenta.

Pero, ¿a cuándo se remonta el problema? Aunque es difícil dar una cifra exacta, Velasco sitúa el punto de inflexión hace 15 años y argumenta que, entonces, por cada clase de preescolar sólo había “uno o dos” niños que no controlaban el pis, mientras que ahora la mayoría ni siquiera controla sus esfínteres.

‘MAMÁS AGENDA’ Y ‘PADRES GUARDAESPALDAS’

Paula, madre de Irene, sale agobiada de recoger a su hija de clase. “¡Cuántos deberes nos han puesto hoy!”, se lamenta.

Juan, de 12 años, presenta en el colegio un trabajo de tecnología que él no ha hecho. “Es que el padre de uno de sus compañeros es ingeniero y, claro, seguro que el niño lleva un proyecto mejor”, se justifica su padre, tras dos días trabajando con circuitos integrados.

La sobreprotección no disminuye a medida que el niño cumple años. Para ilustrar la situación, Carmen Velasco cuenta: “El otro día, una madre llegó diciendo que tenía la culpa de que su hija de 11 años sacara peores notas en el colegio: ‘Es que como he empezado a trabajar, ya no me siento con ella para las tareas'”.

Es un claro ejemplo de las llamadas mamás agenda. El pasado octubre, el blog de la ingeniera industrial y experta en coaching Noelia López-Cheda pasó de recibir 250 visitas por post a más de un millón de visitas gracias a una publicación titulada Me niego a ser la agenda de mi hija por WhatsApp. Miles de padres se sintieron identificados con Noelia, que en este artículo describía el momento en el que decidió dejar de recordarle a su hija Enma los deberes que tenía. “Cada uno debe asumir su parte”, señalaba en su blog.

A las mamás agenda, como era Noelia, hay que añadir tres categorías más: los padres helicóptero (que sobrevuelan sin cesar las vidas de sus pequeños), los apisonadora (que allanan sus caminos para evitarles dificultades) y los guardaespaldas o padres extremadamente susceptibles, preocupados por cualquier crítica o por que toquen a sus hijos.

LA BURBUJA

Inés, de 13 años, tiene problemas para dormir si sus padres no están. Aunque vaya a una fiesta de pijamas con sus amigas, se empeña en volver a casa para pasar la noche.

Efectivamente, los niños protegidos en exceso tienen una dependencia “extrema” de los adultos, según Silvia Álava, directora del Área Infantil del Centro de Psicología Álava Reyes: “Viven en una burbuja, desarrollan menos recursos, menos estrategias y habilidades”.

“Los padres creen que cualquier cosa puede traumatizar a un hijo”, confirma el psicólogo y ex defensor del menor Javier Urra. Además, la sobreprotección se prolonga hasta la universidad, como relata el también psicólogo Ángel Peralbo, autor del libro Adolescentes Indomables: con la implantación del Plan Bolonia, los profesores están tan pendientes de los alumnos como en el instituto para que “tanto padres como hijos estén tranquilos”.

El problema es que un día la burbuja estalla. Los niños hiperprotegidos suelen presentar más miedos, conflictos emocionales y ansiedad. Por otro lado, diversos estudios vinculan la sobreprotección del menor con el acoso escolar, asociado a la falta de seguridad del niño y su vulnerabilidad.

acoso escolarSegún CEAPA, las víctimas de bullying suelen ser “chicos apegados a su familia, dependientes y sobreprotegidos”

No obstante, las consecuencias también son fisiológicas. Numerosos pediatras apuntan a que esta tendencia sobreprotectora aumenta las alergias y las enfermedades autoinmunes, dado que la interacción que antes se daba con los microorganismos se ha disminuido o eliminado.

Ausencia de responsabilidad, carencia de autonomía y falta de iniciativa son tres de las consecuencias que completan el círculo. A la larga existen dos más: los jóvenes tienden a independizarse más tarde y, según Álava, son “más infelices” porque no toleran las frustraciones “del día a día”, ya que siempre les han resuelto los pequeños problemas cotidianos.

¿EN QUÉ HA CAMBIADO NUESTRA SOCIEDAD?

Carlos y Lidia son padres de Álvaro y Laura, de diez y seis años. A través demultitud de aplicaciones y otras tecnologías, controlan dónde están sus hijos en cada momento. Por ejemplo, la ‘app’ DondeEsta les avisa cuando han llegado al colegio o han vuelto a casa.

Para los experto, los responsables de la sobreprotección son, claramente, los padres. Uno de los puntos de inflexión de este cambio social se sitúa en la incorporación de la mujer al mundo laboral. De acuerdo con los especialistas consultados, al dedicarles menos horas a los pequeños, a los adultos les cuesta decir que no y establecer obligaciones. Asimismo, sienten que deben dar a sus hijos todo lo que ellos han echado de menos en su infancia, puesto que ahora cuentan con más recursos.

Desde un punto de vista sociológico, el asunto es algo más complejo. Los motivos de la sobreprotección son casi idénticos a los ya expuestos, pero habría que añadir tres matices, según la socióloga Almudena Moreno. El primero es que han cambiado los modelos familiares (el tamaño, las formas, la edad de los progenitores…) y el hijo es ahora “una especie de bien a proteger” al tener menos hermanos, menos competidores. De hecho, muchas personas (en su gran mayoría, mujeres) abandonan su carrera profesional con la llegada de los retoños, como es el caso de Socorro Sarabia, quien admite haber dejado de trabajar para dedicarse a sus hijos, de 16 y 11 años en la actualidad.

El segundo motivo que da la socióloga tiene que ver con el cambio del entorno rural al urbano de los años 70 hasta hoy. “El control desaparece, porque antes lo ejercía la comunidad, los vecinos. Hemos perdido ese control y nos estresamos por ello”, expone, e ilustra su idea: “Cuando nos vamos de vacaciones a los pueblos, generalmente los niños están más solos, les dejamos más libres… ¿no?”.

El tercer apunte de Moreno es compartido por padres y expertos: “Estamos sobreinformados” por los medios de comunicación, siempre al tanto de sucesos y patologías que aumentan las alarmas. “Vivimos en una sociedad del miedo, que sobreprotege a sus ciudadanos”, agrega Urra. Este matiz tiene otra cara que, a veces, es esgrimida por los padres para justificar su actitud sobreprotectora: la sociedad ha cambiado.

Y es cierto. Pero a mejor. España registró en 2013 la tasa de criminalidad más bajadesde el año 2001, según un informe del Ministerio del Interior.

http://e.infogr.am/tasa-de-criminalidad-en-espana

Datos del Ministerio de Interior. Las cifras corresponden al número de delitos y faltas por cada 1.000 habitantes

“El mundo actual no es peligroso, pero sí más amplio, porque hay más acceso a la información”, puntualiza Raúl Guerra, padre de una niña de 12 años. Como él, la mayoría se declara incapaz de “evitar” esa sobreprotección, pese a saber que podrá entorpecer el proceso de desarrollo y maduración de sus hijos. Javier Salido, padre y presidente de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA), resuelve que la clave para atajar esta actitud es que los progenitores y profesores estén informados y se comuniquen entre ellos.

LOS ESPECIALISTAS RECOMIENDAN…

Los consejos de las maestras a los padres son simples: en primer lugar, “que se relajen, los niños no son de cristal”; y en segundo, que establezcan límites y aprendan a decir que no. Los padres tienen que guiarlos, pero no sobreprotegerlos, según Velasco, que ofrece una metáfora “muy utilizada” en la enseñanza: el niño es como una puerta que los maestros se empeñan en abrir. Al otro lado están los padres, que empujan en sentido contrario, cuando lo ideal sería que contribuyesen a esa apertura.

Los psicólogos y sociólogos también devuelven la pelota al origen y sujeto activo del problema, los progenitores. Ángel Peralbo y Silvia Álava sugieren incentivar la autonomía de los niños y adolescentes, planteando al menor, progresivamente, pequeños retos y objetivos. El consejo de Almudena Moreno implica un ejercicio más profundo: “Tenemos que cambiar los estilos de vida y buscar una fórmula intermedia que incluya nuestra educación, la de los padres, para que no vivamos en esa angustia permanente de que, si pierdo el control, a mi hijo le va a pasar algo”.

Encuesta

¿Y tú, permites a tus hijos hacer lo que tú hacías de pequeño?

Sí, también tienen derecho a experimentar por sí mismos.No, me daría un infarto si mis hijos hicieran lo que yo hice de pequeño.No tengo hijos, pero creo que no les permitiría hacer lo que yo hice
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¿Bilingües? Cómo enseñar otro idioma a los niños sin forzarlos. (El Mundo)

 Aprender otro idioma

 26/01/2015 

Hablamos con Jill Stribling, directora y Fundadora del centro English for Fun, para saber lo que buscan los padres, qué implica el bilingüismo y cómo hacer que nuestros hijos aprendan otro idioma sin forzarlos.

¿Cómo son los niños bilingües?

Existe la creencia de que ser bilingüe solo se puede conseguir si el niño empieza a hablar simultáneamente dos idiomas, pero Jill Stribling no está de acuerdo: “es un mito que no se pueda ser bilingüe pasada cierta edad“, asegura. Aunque lo ideal es comenzar en paralelo, se puede ser bilingüe aprendiendo más adelante.

El 68% de la población es bilingüe -comenta Jill-. En los países del norte de Europa, o en Holanda y Bélgica, por poner algunos ejemplos, sus habitantes manejan simultáneamente dos idiomas. Países como España o Estados Unidos son los irregulares, los que se encuentran por detrás en el conocimiento de otros idiomas”.

Jill sabe de lo que habla. Ella es estadounidense de nacimiento y española de adopción; lleva en este país más de diez años.

Los niños bilingües son más creativos, desarrollan el cerebro de manera diferente y tienen una mayor autoestima

Tras cinco años de trabajo en Estados Unidos como pedagoga y psicóloga, materias en las que cuenta con una sólida formación universitaria, llegó a España para trabajar en el Colegio Americano de Madrid donde impartió clases hasta 2008, año en el que decidió emprender su aventura: English for Fun.

A lo largo de estos años, Jill ha aprendido que se puede aprender un idioma y ser bilingüe si se estudia de la manera adecuada. Ella ha encontrado ese método: que los niños se diviertan mientras aprenden. “Lo más gratificante es verles llegar sonriendo a recibir sus clases”.

Cualquier niño puede ser bilingüe“, asegura y añade que las personas bilingües no solo tienen la ventaja de saber hablar en otro idioma, con los beneficios que eso reportará a nivel profesional, sino que también condiciona psicológicamente: “los niños bilingües son más creativos, desarrollan el cerebro de manera diferente y tienen una mayor autoestima“.

Por otro lado, no se puede concebir un mundo global sin la posibilidad de comunicarse.

Aprender bien

Una apuesta segura es la inmersión total en el idioma. Cursos de inglés en los que no se hable en español facilitan que los niños se acostumbren a escuchar otra lengua, a su fonética y expresiones y lo asocien con las personas que siempre le hablan en ese idioma.

No hay que dar importancia a que los niños se resistan a hablar en inglés. Es totalmente normal que busquen comunicarse en el idioma con el que se sienten más cómodos. Poco a poco irán arriesgándose porque, con este tipo de lecciones “por inmersión” tendrán que comunciarse en ese idioma para participar en las actividades.

Si los niños se sienten presionados acabarán bloqueando el idioma y será más difícil que disfruten con el aprendizaje

Un error muy común que cometen los padres es presionar, sin darse cuenta, a sus hijos. El típico “dime algo en inglés” cuando les recogen a la salida de clase actúa de forma muy negativa sobre los pequeños.

Si se sienten presionados, acabarán bloqueando el idioma y será más difícil que disfruten con el aprendizaje y, por lo tanto, que aprendan.

Por otro lado, el cerebro necesita un tiempo para poder lanzarse a hablar en otro idioma. “Es como sumar”, comenta Jill, “es imposible que un niño aprenda a sumar sin conocer antes los números”. Intentar que el primer día de clase hablen en inglés es como pretender que hagan sumas de tres cifras cuando aprenden los primeros números.

Es importante que los padres comprendan que aprender un idioma lleva un tiempo. De hecho, los primeros 6 meses a un año, son lo que se llama “el periodo de silencio”, un tiempo necesario durante el cual el niño es incapaz de hablar en inglés, pero su cerebro está trabajando. Un día, de repente, comenzarán a construir frases correctamente.

Qué pueden hacer los padres

Es conveniente que antes de tomar la decisión de qué tipo de metodología o centro queremos para formar a nuestros hijos en otro idioma, nos informemos visitando el mismo o hablando con otros padres que hayan utilizado esa metodología.

También hay cosas sencillas que podemos hacer los padres con los hijos para ayudarles a familiarizarse con el inglés:

  • Ver siempre la televisión en inglés. Ahora, con la TDT, es una herramienta muy sencilla al alcance de todos. Basta con cambiar el idioma en las opciones de audio.
  • Ver películas en inglés. Además podemos aprovechar para hacer de éste un momento de diversión en familia.
  • – Podemos inculcarles el amor a la lectura también en otro idioma utilizando libros bilingües adaptados a su edad que podemos encontrar en las bibliotecas municipales y en las de los centros educativos. En algunas bibliotecas también disponen de audiolibros que podemos escuchar en casa o reservar un tiempo concreto del día, similar a la lectura de antes de dormir, como los trayectos en coche, por ejemplo.
  • – Buscar actividades sencillas y divertidas con las que acompañar al niño en su día a día. Por ejemplo, si en el colegio está aprendiendo los colores en inglés, podemos buscar en casa o de paseo cosas que sean red, green o yellow.
  • – Descargar aplicaciones para ipad o iphone en otro idioma que los niños pueden utilizar, siempre asegurándonos de que sean adecuadas para ellos.
  • – Una buena idea es que los padres se apunten a clase con los niños. Crear esta rutina hace que aumente la complicidad entre padres e hijos. No hay mejor ejemplo para los niños que sus padres.
  • – Si los padres ya hablan inglés con fluidez, pero no es su primera lengua, se han popularizado distintas técnicas para enseñar inglés a los niños que buscan que relacionen ese idioma con actividades o lugares concretos.
  • – La estrategia de tiempo: Los niños aprenden un idioma cuando ya dominan otro o aprenden dos a la vez, pero con un horario determinado. Por ejemplo, un día se habla español y el siguiente, inglés.
  • – La estrategia de actividades: se reserva la comunicación en ese idioma para una acción en concreto, como el juego o el ver una película.
  • – La estrategia de tema: La familia emplea un idioma para hablar de algo en concreto. Por ejemplo, si hablamos de las series que vemos en la televisión, lo haremos siempre en inglés.
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Aunque tú no estés pensando, tu cerebro sí lo hace: cómo educar el inconsciente. J. A. Marina (El Confidencial)

Tengo la convicción de que pronto asistiremos a grandes cambios en el modo de concebir el aprendizaje y la educación. Y, a riesgo de que me consideren un presuntuoso, añadiré que mi equipo y yo esperamos contribuir a ellos. Desearíamos que en esta sección pudieran asistir en directo a esa aventura. Por eso la hemos titulado La Nueva Frontera. Los investigadores nos movemos siempre en el límite de lo conocido y lo desconocido. Ampliamos el espacio habitable. La idea central de nuestro modelo es que la fuente de nuestras ideas, de nuestra creatividad, de nuestros sentimientos, de nuestras decisiones, no es consciente y que, por lo tanto, si queremos tener mejores ocurrencias, experimentar sentimientos más adecuados o tomar mejores decisiones, debemos educar el inconsciente.

Me apresuro a decir que no se trata del inconsciente que explotan los psicoanalistas. Estamos en las antípodas de Freud, porque este genio literario –que no se sometió nunca a criterios científicos– creía que estábamos a merced de nuestro inconsciente, mientras nosotros creemos que se puede educar. Supongo que esta afirmación herirá susceptibilidades, y por supuesto estoy dispuesto a cualquier debate. La idea de “inconsciente” con la que mi equipo trabaja  procede de la neurociencia. Hay consenso científico en afirmar que las operaciones neuronales no son conscientes. Sólo conocemos algunos resultados de esas operaciones. Eric Kandel, neurólogo premio Nobel, pensaba que no llegan al diez por ciento.

La creación matemática, concluyó Poincaré, es inconsciente

Para aclarar este fenómeno, les pondré el mismo ejemplo que pongo a mis alumnos más jovencitos. Respondan a la siguiente pregunta: “¿Han estado en Marte?”. Estoy seguro de que ninguno de ustedes ha tenido dificultad en contestarla. Lo habrán hecho con bastante rapidez. No habrán tardado más de cien milisegundos. La pregunta interesante viene ahora: “¿Cómo han sabido que no han estado en Marte?”. Supongo que responderán “lo sé” o “mi memoria me lo dice”, respuestas que son claramente insatisfactorias. Si queremos que un ordenador responda a la misma pregunta, tendríamos que hacer lo siguiente: darle una relación de todos los lugares donde hemos estado, introducir la palabra “Marte”, e iniciar un proceso de matching, de emparejamiento. Si “Marte” no encuentra pareja en la relación que hemos dado al ordenador, este dirá que no hemos estado en Marte. ¿Opera de igual manera nuestro cerebro? No lo sabemos, pero algo tiene que hacer.

Aunque tú no estés pensando, tu cerebro sí lo hace

Comencé a estudiar las posibilidades del “inconsciente cognitivo” a partir de una actividad de alto nivel intelectual: las matemáticas. Son el paradigma del pensamiento racional, que debería ser consciente hasta el escrúpulo, puesto que no puede dar ningún salto en el vacío. Pero la historia de los descubrimientos matemáticos nos dice otra cosa. Gauss, el mayor genio matemático de la historia, contó en una carta su descubrimiento de un complejo teorema de la teoría de números: “Hace dos días, lo logré, no por mis penosos esfuerzos, sino por la gracia de Dios. Como tras un repentino resplandor de relámpago, el enigma apareció resuelto. Yo mismo no puedo decir cuál fue el hilo conductor que conectó lo que yo sabía previamente con lo que hizo mi éxito posible”. Hamilton, otro gran matemático, describió así su descubrimiento de los cuaternios: “Vinieron a la vida completamente maduros, el 16 de octubre de 1843, cuando paseaba con la señora Hamilton hacia Dublín, al llegar al puente de Brougham. Allí saltaron en mi interior como chispas las ecuaciones que buscaba”. Henri Poincaré recuerda que la solución al complicado problema de las funciones fuchsianas apareció de repente en su cabeza, cuando no estaba pensando en ellas, en el momento de subir a un autobús para iniciar una excursión. Poincaré sacó de estos fenómenos la conclusión obvia: él no estaba pensando en esas funciones, pero su cerebro, sí. La creación matemática, concluyó, es inconsciente. El gran matemático inglés G.H. Hardy escribió la historia de Srinivasa Ramanujan, un intrigante matemático indio, gran experto en teoría de números, que desconocía cómo descubría sus teoremas. Atribuía la tarea a la diosa Namagiri. Por cierto, Hardy escribió un delicioso libro tituladoApología de un matemático, que para Graham Greene era la descripción más completa del trabajo creador.

El miedo está producido por el esquema no consciente productor del miedo, y lo mismo sucede con la furia, la tristeza, el entusiasmo o el amor

Esto me permite pasar del campo de las matemáticas al del arte, donde la ignorancia acerca de la fuente de las ocurrencias está mejor aceptada. Los creadores siempre han hablado de “inspiración”, de una voz que soplaba a los creadores sus ideas. Durante siglos no se supo que esa voz venía de dentro. Es el cerebro el que comunica el poema al poeta. El genial Rimbaud lo expresó en un misterioso texto: Je est un autre. El yo que escribe es otro que el que inventa el poema (que también soy yo). Cuando alguno de mis alumnos quiere ser escritor, le digo que tiene que empezar por construirse un inconsciente de escritor, es decir, debe poner a punto esa impresionante máquina de producir formas literarias. Estudié este tema con más detenimiento en el libro La creatividad literaria, que escribí con el gran escritor Álvaro Pombo.

Nuestras ideas, sentimientos y decisiones emanan del mismo lugar. (iStock)Nuestras ideas, sentimientos y decisiones emanan del mismo lugar. (iStock)

El mecanismo para educar el inconsciente es laborioso pero sencillo. Consiste en automatizar operaciones que primero vigilábamos atentamente. Aprender a conducir, o aprender un idioma, son procesos de este tipo. Al principio nos exigen una atención agotadora, pero, poco a poco, conducir o hablar se va convirtiendo en un hábito, y lo hacemos sin esfuerzo gracias al entrenamiento. Pues bien, crear, sea en matemáticas o en poesía, es un hábito y como tal se puede aprender también.

No sólo sabemos de dónde surgen las ideas. También sabemos de dónde brotan nuestros sentimientos. Son el resultado de unos esquemas generadores cuya acción desconocemos. En inglés se distingue entre emotion y feeling. Este es la emoción que se ha vuelto consciente, lo que implica que otras no lo hacen. El miedo está producido por el esquema no consciente productor del miedo, y lo mismo sucede con la furia, la tristeza, el entusiasmo o el amor.

Las decisiones que tomamos fuera de la conciencia

Todavía hay un papel del inconsciente que nos resulta más extraño. Nuestras decisiones –que parecen ser lo más propio nuestro, porque en ellas se manifiesta nuestra libertad– también suceden fuera de nuestra conciencia. Los neurólogos lo saben muy bien desde que los experimentos de Benjamin Libetdemostraron que unos doscientos milisegundos antes de que tomemos la decisión de hacer un movimiento, ya se han activado las zonas premotoras correspondientes. Es decir, el cerebro ha tomado su decisión y nos la comunica. El gran neurólogo Joaquín Fuster, en su reciente libro Libertad y cerebro,indica que en el cerebro hay una permanente pugna entre redes neuronales para hacerse cargo de la acción. La que triunfa, decide.

Su cerebro es más inteligente que usted, pero usted puede ponerlo a trabajar a su servicio

Estos descubrimientos, que aparentemente reducen nuestra capacidad de obrar, que nos convierten en autómatas, abren en realidad un fascinante campo al aprendizaje y a la libertad. Lo hacen por un camino indirecto: a través de la educación del inconsciente, es decir, de las estructuras cerebrales no conscientes que producen las ideas, los sentimientos, las decisiones. Rafael Nadal juega prodigiosamente porque es dirigido por sus automatismos musculares, por su inconsciente fisiológico. Pero ese inconsciente lo ha construido él, libre y esforzadamente, mediante el entrenamiento.

Me cuesta trabajo frenar mi entusiasmo ante las posibilidades que se nos ofrecen y que podemos trasladar a la vida de nuestros niños o a la nuestra propia. Podemos aprender a pensar mejor, a crear, a tener mejores sentimientos, a comportarnos de modo más eficiente, a ser más libres. Su cerebro es más inteligente que usted, pero usted puede ponerlo a trabajar a su servicio. Este es el campo en que trabajamos. ¿Les interesaría seguir estando informados de nuestros progresos?

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“Los cobardes….. (frase de Gandhi)

PIEDRAS PRECIOSAS

“Los cobardes  mueren muchas veces  antes  de morir”

Mahatma Gandhi

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